sábado, 23 de septiembre de 2017

Dicen que leo demasiado


Leo La uruguaya de Pedro Mairal mientras el suelo vuelve a temblar en México. Leo mientras la mitad de los catalanes claman por su independencia ante la mirada atónita de la otra mitad. Leo, dicen que demasiado. Siempre que leo suceden cosas del mismo modo que cuando no lo hago. Las cosas, los sucesos, las independencias, incluso los libros que leo, y los que aún me quedan por leer, acontecen cuando les llega su hora. Suceden cuando les da la gana. Un libro se acaba en el punto y final. El ajedrez en el jaque mate. Una manzana se pudre en la humedad del suelo. El pez grande se come al chico. La vida, de éxito o de fracaso, se convierte en polvo dentro de una caja de caoba contrachapada. 
Yo leo a Mairal disfrutando de su preciosista prosa argentina y expectante ante los interminables temblores que sacuden sin piedad a México. 
Leo mientras mi hija corretea con una pelota en la mano perseguida por un sanguinario mosquito tigre. Los mexicanos corren ante los temblores perseguidos por su propio infortunio. Los catalanes claman su independencia ante el temblor expectante del resto de los españoles. 
Correr, a veces, no es suficiente. Sobre todo cuando la casa se te viene encima. Cuando la casa te sepulta ya es el punto y final. Ya de nada sirven los libros, ni las independencias, ni los pasaportes, ni las banderas. 
Toda patria es húmeda y oscura. La patria común es la muerte. De ahí, tal vez, que en la bandera pirata luciera, sobre un fondo negro, una tibia y una calavera. Leo mientras un todo amenazante se mueve a nuestros pies. A los mexicanos les tiembla el suelo y a los españoles nos tiembla el país.
Pese a ello, sigo leyendo. Dicen que leo demasiado.

domingo, 17 de septiembre de 2017

Eterno aspirante sin aspiraciones


Estos días, pese a mis limitaciones, preparo mi tercer libro de relatos. Hasta este momento soy, como bien saben, un escritor fracasado, un escritor perdido entre sus propias letras, embalsamado en su arrogante intrusismo, ofuscado en su propia sinrazón. Mientras disfruto de ésta insignificante proeza literaria, en este blog alcanzaré las doscientas mil visitas. Tras todo esto -ya me veo más cerca del Cervantes- me siento capaz de escribir sobre cualquier cosa a pata coja, me imagino zarandeado por mis seguidoras en la Feria del Libro de Guadalajara, tirándome ellas fajas y sujetadores, como a Jesulín de Ubrique, y ellos miradas justicieras, como de marido cornudo. 
Para mi vida de escritor afamado, que se avecina, acuñaré un seudónimo rimbombante. He pensado en llamarme Mario Alcantud, o Alberto Suñer, o Salvador Amante, este último por si me meto de lleno en la novela romántica, que nunca se sabe. 
No sé aún muy bien al género al que le voy a dar duro. Me va la novela negra, las de espías no están mal, la autoayuda también mola, la histórica me ha gustado siempre pero requiere de mucho esfuerzo para documentarse a fondo, la erótica requiere de mucha onomatopeya y me pierdo mucho en la sonoridad, la romántica y la realista exige de grandes cualidades descriptivas, así que, dicho lo cual, no tengo nada claro mi continuidad en el mundo de la literatura.
Tal vez, tras este tercer libro abocado a la misma ruina que los otros dos títulos que le precedieron, me dedique a otra cosa. He pensado en refugiarme en el ajedrez o en la tranquilidad de la pesca deportiva. Eso. La pesca deportiva la veo como más relajante. Me viene a la memoria el recuerdo de un día de pesca junto a mi tío Matías. Él sacaba un mujol cada dos minutos, mientras yo saqué un puto zorro en dos horas. Ahora tendría unos cuantos años por delante para revertir esa historia que frustró mi infancia. Ni sirvo para pescar, ni sirvo para escribir, ni tengo admiradoras que me lancen sujetadores de encaje negro que son los que inundan siempre mis sueños eróticos más inconfesables.
Doscientas mil visitas y tres libros de relatos. Menudo atrevimiento el mío. 

miércoles, 13 de septiembre de 2017

Un niño en calzoncillos


Hay un niño en calzoncillos. Uno que podrían ser varios. O muchos. O millones. Pero yo, con frecuencia, veo a uno. Un niño famélico, a menudo con la cara desenfocada, y con unos calzoncillos tan sucios que perfectamente podrían estar acartonados. El niño está tan sucio como sus calzoncillos. Un niño, o el mismo niño, que vi en una aldea de Chiapas, o de Ucrania, o de Túnez, o como el que el otro día me encontré en Uzbekistán. Un niño grisáceo, recubierto con una terrible capa de polvo de olvido, del que destaca el negro de sus ojos, con los que te clava una mirada fría y acerada capaz de reventarte la sien. El niño del que les hablo siempre me mira, nos mira, con una mirada interrogativa e inquisidora. Con una mirada entre ausente y penitente. Con una mirada que parece no reconocerme a mí ni al mundo de dónde vengo. Con una mirada de otro planeta. ¿O acaso  es que en la tierra existen dos planetas en uno? ¿Uno bueno y otro malo? Una mirada que me deja vacío, como si esos dos ojos brillantes de hambre y de sueños fueran capaces de arrebatarme la poca energía vital de la que aún hago gala.
Hay un niño en calzoncillos que corroe mi conciencia. Uno que, por desgracia, no es el mismo repetido. Son millones y millones los niños desheredados que me miran ofreciéndome el perdón que no merezco; el perdón que no merecemos.

lunes, 11 de septiembre de 2017

La fábula de la tortuga y el erizo


En las afueras del milenario bazar de Taskent un viejo mercader gordo, medio borracho, y con una barba que, a buen seguro, debería representar un peligroso foco infeccioso para la población uzbeka, vendía diferentes tipos de aves: canarios, periquitos, agapornis, una cotorra chillona, y al pie de todos ellos, en una caja de madera se encontraban un tortuga rusa y una pequeña jaula con barrotes de alambre, en cuyo interior, un erizo se dejaba la dentadura mordiendo desesperadamente con la intención de escapar de una muerte que daba por segura. 
—Señor, señor, me dijo el mercader ¿no querría usted comprarme este erizo?. 
—No, caballero, de ningún modo ¿qué podría hacer yo con ese erizo? Además, a ese animal lo debería usted liberar ahora mismo, no ve que está enloquecido dentro de esa minúscula ratonera -dije mostrando mi enfado.
—Si se lo come, tendrá más mucha virilidad y mejorará en todas aquellas enfermedades que laten en su interior. Aquí mismo, en el bar del bazar, se lo pueden cocinar de varias formas diferentes. Anímese y cómpreme este erizo para su salud. No se arrepentirá -me explicó el señor, en un ruso rudimentario que Artur, mi traductor, apenas si podía descifrar. 
Yo me quedé apesadumbrado observando a los animales, mientras que Artur iniciaba con el mercader una conversación en ruso sobre su Polonia natal, de lo que el vendedor se había percatado tal vez por la gorra que Artur suele utilizar cuando andamos de turistas. Una gorra con los colores de su bandera nacional y su escudo, y sobre la que el vendedor mostraba una gran nostalgia debido a que, en su juventud, había trabajado durante algunos años en la reconstrucción de la ciudad de Varsovia, tras el desastre al que todos conocemos como Segunda Guerra Mundial.
Entre el murmullo de tan emotiva conversación de la que, claro está, yo no entendía absolutamente nada, me pareció escuchar unas extrañas vocecitas. Unas vocecitas que, por mucho que me resistía a aceptar, intuía que procedían del erizo y de la tortuga.
-Estoy intentando que el señor libere al erizo -interrumpió la magia el polaco- A ver si me lo meto en el bote con las historias de Polonia y lo acabo convenciendo -me dijo, Artur, en un receso, mientras que el mercader atendía a una señora que quería comprar un periquito para su nieta.
Al reanudar ambos la conversación, yo agarré la tortuga y ésta, amigablemente, me saludo:
—Hola amigo: tu compañero es muy amable intentando la liberación del pobre erizo. Él es más impaciente y lo está pasando peor que yo. Yo le digo que nuestro destino está escrito, pero los erizos son mucho de revelarse contra el destino —me explicó el simpático quelonio.
Yo había pensado la respuesta pero no la había formulado, sin embargo, la tortuga era capaz de escuchar mi voz interior sin necesidad de que yo pronunciara palabra alguna. Por un instante pensé que todo aquello era fruto de mi imaginación, o tal vez de mi indignación, pero esa vocecita seguía hablándome y respondiendo a mis pensamientos en una misteriosa conexión telepática en la que las palabras sobraban.
De repente, el embriagado mercader, ante la insistencia de Artur sobre la liberación de aquel pobre erizo y la constante presión de mi mirada inquisidora, agarró la jaula sin la debida precaución y recibió un colosal mordisco en uno de sus dedos que hizo que la jaula saliera despedida por los aires. Al mismo tiempo, y debido al sobresalto que el viejo comerciante se llevó, piso la caja de madera en la que se hallaba la tortuga y está volcó lo que dio lugar a que la tortuga iniciara una lenta y sigilosa huida mientras que el mercader centraba toda su atención en la jaula del enrabietado erizo. 
Por fortuna, la tapa de pequeña jaula se abrió y el erizo, antes de que el vendedor pudiera agarrarlo nuevamente, emprendió una veloz carrera hacia una vertiginosa ladera que desembocaba en una rambla tan seca y polvorienta como el suelo de aquel milenario mercado. 
Al darse la vuelta, el señor pudo comprobar como la caja en la que se encontraba la tortuga estaba volcada. Con la mirada, y visiblemente ofuscado, rebuscó alrededor mientras yo con mi cuerpo tapaba la lenta pero persistente huida del reptil, señalando con el dedo hacia el lado contrario, con la intención de confundirlo y con ello dar tiempo a que la tortuga pudiera ganar unos minutos con los escabullirse entre la maleza, como así sucedió.
Antes de que se diera cuenta el odioso comerciante, Artur y yo, nos alejamos escabulléndonos entre la multitud que a diario frecuenta ese milenario mercado de la capital uzbeka.

Moraleja: Sólo se consigue lo que se intenta.

sábado, 26 de agosto de 2017

Lectura para Yolanda y Jesús


Conocí a Yolanda hace ocho años. Era una chica muy mona -y lo sigue siendo- refinada, inquieta, y con una ganas tremendas de hacer cosas. Exigente, eso sí. Muy exigente. Sin embargo, pese a su exigencia, algo me decía -ese algo que nos habla dentro de nosotros y que nunca sabemos de dónde sale- que tenía que aceptar. Y yo acepté. Fue, sin duda, uno de esos aciertos que te marcan para siempre, como estoy seguro que le pasó a Jesús, del que tengo que decir, y no vayan a pensar ustedes mal, que la chica tuvo muy buen ojo.
Yolanda y Jesus, Jesus y Yolanda, ambos aquí hoy, delante de todos nosotros, jurándose amor eterno. Tanto monta, monta tanto. Hacen una pareja de libro, de anuncio televisivo, una pareja en la que podríamos inspirarnos para escribir una bonita novela de amor en plan culebrón, que culminaría con la llegada al mundo de la pequeña Cloe. Un llegada tan llena de dificultades como de alegrías, tan llena de luchas y llantos como de ilusiones.
Y así es como Yolanda y Jesus se enfrentan a todo, con dificultad, pero sin limitaciones, con barreras pero con alas, con dudas pero sin miedos.
Hoy yo tenía que decirles algo bonito delante de todos ustedes. Confiaban en que yo pudiera escribirles algo genuino que ustedes no supieran, algo que sonará bien en un día tan importante para ellos como el de hoy, pero, qué quieren que les diga, ellos escriben cada día tan bonito el guión de sus vidas que ni el mismísimo Cervantes tendría palabras para superarlo.
Queridos amigos: sólo os pido que nunca cambies, y sobre todo, que nunca dejéis de amaros. Sin amor no somos nada.
¡Vivan los novios!

miércoles, 23 de agosto de 2017

El camaleón, la siesta y Marujita Díaz


Hastiado, sudando, y con ganas de matar a alguien, me asomé por la ventana. La cigarra cantaba, posiblemente, siguiendo las instrucciones marcadas por María Ostiz algunas décadas atrás, y el camaleón la miraba deseoso con uno de sus ojos, mientras que con el otro vigilaba a un gran moscardón azulado que chupaba con ansia una breva que había tirada en el suelo. El camaleón en cuestión se le había escapado, hacía algún tiempo, a un vecino mío que es militar y que lo había traído de Melilla, durante un permiso, escondido en el petate. El parsimonioso reptil, cansado de andar encerrado, se había fugado de su jaula y había encontrado amparo en la pacifica frondosidad de mi jardín. 
La cigarra seguía erre que erre, dando por saco, haciéndose eco de otras cigarras tan porculeras como ella. El camaleón avanzó con el sigilo con el que avanzan los que quieren hacerla tuerta o tienen más hambre que Jeremías, o las dos cosas. El moscardón chupaba de aquel higo rastrero como un bebé de su chupete. El sonido que envolvía toda la escena era ensordecedor y caía un sol que ni en el Sáhara, si bien es cierto que, a las cinco de la tarde, y en pleno agosto, no se podía esperar otra cosa.
El camaleón, sintiéndose habilitado para no fallar en sus gastronómicas intenciones, lanzó su pegajosa lengua hacia el moscardón con el mismo ímpetu con el que un púgil lanza un gancho de izquierda al percibir que la cosa está medio hecha; y para beneplácito del antediluviano reptil, tras replegar su lengua, este engulló al moscardón mientras sus cónicos ojos daban vueltas y más vueltas de felicidad emulando a la malograda Marujita Díaz. Alegría que duró lo mismo que una bolsa de chucherías en el patio de un colegio, ya que, en el preciso instante en el que el moscardón pasaba por la estrecha traquea y llegaba a su vacío buche, un cernícalo se lanzo en barrena contra el camaleón y se lo llevó en volandas entre sus patas para darle la merienda a sus polluelos que ya se la reclamaban.
Lo peor es que la cigarra no se enteró de nada y siguió jodiéndome la siesta, sin miramiento alguno, a coro con todas las de su maldita especie que, con lo grande que es el mundo, esa tarde debían de estar todas en mi jardín celebrando un festival de coros y danzas, o algo por el estilo.
La naturaleza no tiene piedad de nadie y mucho menos de los que dormimos la siesta. De los mosquitos que me picaron en el culo mientras intentaba cargarme a toda esa insoportable legión de cigarras mejor les hablaré otro día. 

viernes, 18 de agosto de 2017

Réquiem por la cordura


Soy blanco, supuestamente católico, y heterosexual. Para algunos, serían suficientes argumentos como para sentirse el Rey del Mambo. Otros se sienten supremos por rezarle a Alá y se atribuyen el derecho de masacrar a todo hijo de vecino. Otros se atribuyen el derecho a matar a sus mujeres, o el de violar a niños, o el de dejar morir de hambre a un continente entero mirando para otro lado. 
Jesucristo dijo: “Quién esté libre de pecado que tire la primera piedra”. Yo, que fui a Maristas, me eduqué en el doble rasero de todas las religiones: “Haz lo que yo diga pero no lo que yo haga”. Evidentemente aprendí que una cosa son las religiones y otra bien distinta los religiosos.
Las religiones, en sí mismas, no son malas, lo peor es que las pervierten los hombres, las manipulan para su interés que siempre es el mismo: ostentar poder y amasar dinero.
Escribo todo esto como desahogo, cosa, por otro lado, siempre difícil de gestionar. En momentos críticos como el que nos ha tocado vivir hoy en Cataluña, es complicado no dejarse llevar por las vísceras y poner un poco de orden y concierto sobre el aluvión de sentimientos encontrados que nos inundan.
Observamos, en las redes sociales, reacciones de repulsa, de rabia, de impotencia, y de solidaridad con las víctimas, y también las manifestaciones de gente que aboga por el radicalismo frente al radicalismo. El ojo por ojo. La Ley del Talión. 
En cierta medida es normal. Es muy complejo para nosotros, los ciudadanos de a pie, entender el trasfondo de toda está barbarie que nos toca sufrir en nuestras propias carnes. Y digo nos toca porque los que la desencadenaron viven a las mil maravillas rodeados de riquezas y de seguridad. Los que nos enfrentaron, a uno y a otros, siguen ostentando privilegios, y cargos oficiales, y pensiones vitalicias, y acciones en Wall Street. 
Pero amigos míos, los que tenemos que poner la otra mejilla siempre somos los mismos.
Para finalizar este desahogo, me van a permitir parafrasear a Gandhi con dos de sus más celebres proclamas: “Ojo por ojo y todo el mundo acabará ciego” y “No hay camino para la paz, la paz es el camino”.
Descansen en paz todos los fallecidos en el terrible atentado que sacudió ayer a la maravillosa ciudad de Barcelona y ojalá se recuperen pronto y bien todos los heridos. 
No sé por qué ni para qué, pero tenía que escribir todo esto.

lunes, 14 de agosto de 2017

Mi cangrejo Tomate


Les podrá parecer un tanto extraño, pero les contaré que en mi jardín vive un cangrejo rojo que tiene los ojos saltones. Y más extraño les parecerá cuando sepan que dicho cangrejo es de goma y que era el favorito de mi pequeña Ana María para jugar en la bañera. La gran mayoría de los adultos son de la opinión de que los juguetes no pueden adquirir ni transmitir sentimientos humanos y, aunque me tomen por loco, les diré que están en un gran error. Los que piensan de esa forma se ve que no han observado la experiencia tan prodigiosa que provocan los juguetes en el interior de los niños. No han disfrutado contemplando la gran complicidad que se genera entre ellos, llegándose a forjar lazos afectivos que perduran durante años.
Los juguetes son, por tanto, mucho más que objetos inanimados; tan sólo haría falta que les prestásemos un poco de atención y de cariño para que volviera a surgir la magia que percibíamos cuando eramos niños y de ese modo tuvieran también la oportunidad de embellecer y alegrar nuestra rutinaria vida de adultos. Sé, de buena tinta, que a los juguetes les apena mucho que los adultos nos hayamos alejado tanto de ellos.
Como les contaba, el cangrejo rojo de ojos saltones de mi hija Ana María vive ahora en la rocalla que hay tras el falso platanero que tengo en el jardín. Allí lo dejó mi hija y allí vive el crustáceo a las mil maravillas. Gusta de tomar el sol en la roca que más sobresale y juguetear con las tortugas con las que se siente identificado tal vez por tener también, en cierta medida, un armazón duro que las protege. De hecho, le encanta encaramarse a ellas y pasearse así por el jardín como un sultán sobre un elefante. Le he puesto de nombre Tomate, obviamente por su color, y cuando pronuncio su nombre acude raudo y veloz, eso sí andando de soslayo, como si de un perrito con pedigrí se tratara. Gusta, Tomate, de comer trocitos de pescado que devora como yo, antaño, me zampaba los gofres de chocolate en la feria de Septiembre. 
De esto mi hija no sabe nada, ni debe saberlo, ya que si se enterara de ipso facto me quitaría al cangrejo con el egoísmo dictatorial que caracteriza a los niños de su edad. 
Yo sé que estarán diciendo que no tengo edad para andar jugando con cangrejos de goma, pero es que a ver, si me descuido un poco, ya no voy teniendo edad para casi nada.


miércoles, 9 de agosto de 2017

La calor


Mientras en Cataluña deciden su ser o no ser shakespeariano y el cadáver de Venezuela se revuelve en su propia tumba, yo ando de vacaciones. 
Rajoy, entre exhibiciones atléticas y su siempre apretada agenda internacional, ha sufrido un ataque de lumbalgía. ¡Qué por nadie pase! Tras ponerse una faja, fue a ver al Rey y este, por el retraso, ya lo esperaba con un Dry Martini en la mano y un real plato de pulpo a la gallega para hacer patria. 
Neymar tomó las de Villadiego, o si prefieren que eche mano de otro dicho: puso pies en polvorosa. 
Shakira nos pone melosos con la cancioncita que le ha dedicado a su Piquetón y los calamares a la romana están por las nubes. Así va el verano, despacito, despacito.
Según parece, las playas están haciendo su propia campaña antiturismo y ya se han tragado a un montón de gente para asustar. El clima, sin embargo, va por los suyo: hoy hace calor y mañana también. Ahora, como dirían en Valencia, es el tiempo del caloret y de la horchata de chufa ¡la de toda la vida! y no la que nos quiere meter ahora el Starbucks qué sólo Dios sabe con qué estará hecha.
Cómo les decía, ahora lo suyo es el calor, el sol, el mar, las piscinas, los bikinis, los cuerpos perfectos, las lorzas, los chiringuitos, los vigilantes de la playa y de los niños llorones.
Por cierto, ayer lloraba tanto mi hija pequeña en la playa que de no haber sido mía hubiera salido corriendo al Cuartel de la Benemérita más próximo a poner una denuncia por maltrato. Y es que mi Ana...cómo se lo explicaría yo...¡Tiene más pulmones que cuerpo!
-Joven, ¿cómo es que puede llorar tan fuerte una niña tan pequeña? -me pregunta asombrada una señora con acento de Madrid.
-Señora no lo sé, pero si lo llego yo a saber antes le juro que la devuelvo -le digo poniendo la cara de un cura dando la extremaunción.
-Vaya padre que está usted hecho. ¿No le da vergüenza decir eso de su propia hija? -me recrimina, y no sin razón, la jubilada de Madrid. 
-Vergüenza es cagarse encima en la cola del supermercado, señora -le digo.
-¡Qué asco de juventud! ¡Está el mundo perdido! -dice la señora con cara de haber encontrado una mosca en el gazpacho.
-¿Qué juventud ni qué niño muerto, señora?  Aquí donde me ve tan lustroso ya voy para los cincuenta -le comento a la madrileña.
-Eso les pasa por tener los hijos tan mayores. Eso antes, con el Caudillo, no pasaba -me explica tan convencida la turista.
-Los hijos vienen cuando tienen que venir -le replico con cierta indignación. 
-Así está la juventud como está... -sigue insistiendo la mujer como un martillo pilón.
-¿Y según usted, cómo está la juventud? -le pregunto.
-Perdida, hijo, más que perdida que nunca -responde la señora consternada.
-Eso ya lo decía mi abuela hace cuarenta años -le confieso.
-Y la mía hace setenta -exclama la señora.
-Entonces...¿en qué quedamos? -le pregunto para atizar el fuego.
-No me haga usted mucho caso, joven, es que tengo ya muchos años sin ir a bailar, sabe usted. A mí siempre me ha vuelto loca lo del baile -me dice cambiando radicalmente de tema.
-¡Y qué voy yo a saber, señora, si he venido aquí a pasar unos días de veraneo. ¿Acaso cree que soy adivino? -le pregunto.
-Tiene usted una hija preciosa. La pena que sea usted tan mayor...-me dice, volviendo por las andadas.
-¿Y eso en cristiano, qué viene a decir?
-No me haga usted mucho caso, joven, le digo que ya chocheo bastante...
-Bueno señora, me marcho que la cría se me está achicharrando y le tengo que dar su potito.
-¡Qué cría más salada que tiene usted! Por cierto, buen hombre: ¿a qué se dedica? -me pregunta la señora sin venir a cuento.
-Pues mire, lo mio es vender champús, tintes para el pelo, cremas para la cara y cosas de esas...
-¡Qué bien! Y joven, por un casual: ¿no tendría usted por ahí algunas muestras para esta pobre anciana?
-Pero señora, por el amor de Dios, no ve usted que voy en bañador y cargado con esta pobre criatura que se me está abrasando viva...
-Pues anda con Dios, que tienes cara de tacaño y encima lo eres...Pobre niña, vaya padre que le ha caído.
Y la señora se largó dejándome con la última palabra en la boca y sudando a más no poder. Menuda calor...

martes, 1 de agosto de 2017

¡Estamos de vacaciones!


Les escribo en bermudas. Sólo uso esta pintoresca prenda tres semanas al año de tal manera de que alguna de las que tengo ya tiene más de veinte años y lucen como nuevas. En Melodía FM suena Another Day in Paradise, de Phil Collins. Sobre mi mesa, Clases de Chapín, de Eduardo Halfon, el primer libro que devoro estas vacaciones. Mi hija Ana María se mira los dedos de sus pies, recién pintados, como alguien que contemplara con asombro la octava maravilla del mundo. El mundo está repleto de pequeñas maravillas que la mayoría de las veces ignoramos. 
Como les decía, les escribo en bermudas y sin camiseta, porque han dado comienzo mis vacaciones. Estar de vacaciones es algo así como vivir por unos días en un espacio de ficción abstracto y anestésico. Las vacaciones, que se crearon para no hacer nada, se han convertido en un espacio comprimido en el que tenemos que hacer de todo. Las vacaciones son ahora, por tanto, más estresantes y vertiginosas que el propio trabajo. 
Las carreteras se inundan. Los aeropuertos se desbordan. En las playas no hay quién clave una sombrilla. Las tarjetas de crédito echan humo. Para tomarte una cerveza te tienes que encarar con los camareros. La gasolina, curiosamente, está más cara que el resto del año. La ensaladilla rusa rebosa de salmonela y la de marisco ya ni te cuento. Los mosquitos tigre, y los de toda la vida, a duras penas pueden volar de tanta sangre que nos chupan. Las medusas acechan agazapadas entre las algas para rozarnos el muslamen y enviarnos a la Cruz Roja, mientras que el sol abrasa sin piedad nuestras pieles lechosas y deshidratadas. 
Pese a todo, estamos de vacaciones. ¡Ya era hora, pijo!
De la depresión postvacacional ya les hablaré en septiembre...

sábado, 29 de julio de 2017

Tragisecuencia en diez segundos


8:45 de la mañana. Conduzco por la vieja carretera nacional que une Sevilla con Extremadura. El cielo luce azul, la tierra roja y las casas, dispersas por todos lados, blanco chillón. Los cultivos de cereal se alternan con manchas de un bosque relicto salpicado de encinas centenarias bajo cuyas sombras los cerdos, escarbando con sus hocicos, buscan las preciadas bellotas.
Dominan la carretera enormes camiones que unen España y Portugal trayendo y llevando un sinfín de mercancías.
Cronosecuencia:
1" -Frente a mí se aproxima una hilera enorme de camiones.
2" -Por el espejo retrovisor observo al camionero que me persigue hablando acaloradamente con el teléfono móvil pegado a la oreja.
3" -Un enorme pájaro aparece sobre el ángulo superior izquierdo de mi parabrisas.
4" -Reconozco al ave como un milano nervioso y zigzagueante que, de manera extraña, sobrevuela sobre mi trayectoria.
5" -Los tráileres me acosan, por delante y por detrás.
6" -Frente a mí, sobre el arcén, brillan las vísceras de un conejo recién atropellado.
7" -El gran milano y yo, con distintas intenciones, avanzamos hacia el conejo en lo que puede convertirse en una coincidencia de terribles consecuencias.
8" -El milano se lanza en barrena contra el conejo, o lo que es lo mismo, contra mi parabrisas, lo que me obliga a frenar bruscamente y dar un volantazo para evitar que la rapaz impacte contra la luna de mi coche. En esa décima de segundo tan delirante acude a mi mente la imagen de mi hija pequeña sonriéndome.
9" -El tráiler de atrás quema sus frenos y pita como si de un barco que llega a puerto se tratara. Los camiones que vienen de frente, dándose cuenta de la maniobra, consiguen ladearse sobre el arcén lo suficiente como para que la tragedia que se cernía sobre mí, quede tan sólo en un susto.
10" -Milagrosamente estoy vivo.


sábado, 22 de julio de 2017

El intruso


Abelardo siempre fue un chico distinto a todos los demás. En aquella época, eso de la psicología era cosa de ricos. Si uno era un poco raro, o si se consideraba que estaba loco, se convertía en una carga para las familias y en un problema para el pueblo. Entiéndanme, ahora suena inhumano, lo sé, pero por aquel entonces no teníamos ni para comer. Trabajábamos de sol a sol. Íbamos a la escuela hasta que cumplíamos los seis o siete años, y a los ocho o nueve nos ponían a trabajar en el campo o con los animales. Y Abelardo no valía para trabajar. O no quería. O qué sé yo. La cuestión es que, tras varias palizas que le soltó su padre, Abelardo desapareció una temporada hasta que lo descubrí viviendo escondido en el cementerio del pueblo. 
Debo aclarar que este que les escribe ejerció de sepulturero, más de tres décadas, en Santa Quiteria del Encinar. Cuando se habló en el pueblo de su desaparición, ni se me pasó por la cabeza que el chico se hubiera escondido entre los muertos de mi cementerio para huir de la contundencia del cinturón de su progenitor.
La mañana en la que lo descubrí él andaba en calzoncillos entre las tumbas. Saltaba de lápida en lápida, tras una mariposa, como si lo hiciera por un prado en los Alpes. Yo hice como que no le veía y me quedé escondido observándolo tras un ciprés. Evidentemente, no informé a nadie sobre su paradero. Aburrido de velar a los muertos, el hecho de acoger entre los muros de mi cementerio a un refugiado mental, me pareció una aventura necesaria. No quedaba mucho para mi jubilación y la presencia de aquel joven tan extraño podría hacer más llevadera la recta final de mi vida laboral. 
Me reafirmé en la idea de ignorarlo, pero tenía claro que tenía que facilitarle la estancia en el camposanto. Así que, a los pies de un San Antonio que había en el panteón de la familia Fontaneda, que era en el que él se cobijaba, yo le solía depositar comida y bebida que él devoraba con devoción mariana. 
Abelardo no sabía hablar. Nunca supo hablar o tal vez nunca quiso aprender. No habría pasado ni una semana desde su llegada, cuando lo descubrí limpiando unas tumbas. En principio pensé que limpiaba de manera indiscriminada, sin seguir ningún criterio ni ninguna lógica. Yo pensaba que el cerebro desvirtuado de Abelardo no era capaz de establecer pautas de comportamiento razonables, más allá de las innatas que usaba para sobrevivir, pero me equivoqué. Cuando se volvió a encerrar en el panteón de la familia Fontaneda, me fijé en las tumbas que había limpiado y, cuál fue mi sorpresa, las tumbas que había limpiado eran todas de niños; infantes como él a los que la vida les había jugado una mala pasada. Ese descubrimiento me llenó de ternura hacia Abelardo, una ternura que, tal vez, en cierto modo, ya sentía hacia él desde el mismo momento de su llegada.
A la mañana siguiente, durante el rato que salí al mercado semanal para realizar mis compras, varios miembros de la familia Fontaneda, llegados desde Madrid, se acercaron hasta su panteón y pusieron el grito en el cielo al encontrarse en su interior al joven Abelardo, en calzoncillos, comiéndose el bocadillo de chorizo que yo tan cariñosamente le había preparado.
Por desgracia para él, y para mí, ese fue el último bocadillo que le preparé. La Guardia Civil, acudiendo a la llamada de la familia, detuvo al joven profanador, tras lo cual fue llevado a su casa y el padre le arreó la paliza más grande de su vida, antes de enviarlo a un manicomio. 
Yo sé que Abelardo no estaba loco, tan sólo era un chico muy especial.
Y qué más les podría contar... pero así fue como, pese a mi edad, me aficioné a esto de la psicología.

lunes, 17 de julio de 2017

El escarabajo esmeralda


Ayer recibí otra visita inesperada. Mi jardín es como unas Naciones Unidas de la naturaleza y, tal vez por ello, me acuden refugiados de todos los géneros y todas las especies. Yo no les pido pasaporte, ni visado, ni tarjetas de crédito, ni tan siquiera les pregunto cuánto efectivo traen, tan sólo les brindo mi hospitalidad y mi cobijo como todo ser vivo que venga en son de paz se merece. 
A este escarabajo esmeralda lo descubrí de pura casualidad. Él deambulaba sigiloso y esquivo, como sabiendo del peligro que corren los insectos ante la incomprensión de ciertos humanos que ante la presencia de cualquier insecto, animal o cosa, ponen el grito en el cielo y el escobazo en el suelo.
Lo agarré. Le pedí permiso para tomarle una fotografía. Lo entreviste para conocer de las razones de su viaje. Le regalé una suculenta hoja de lechuga, y, tras ese improvisado protocolo de acogida, le dí rienda suelta para que campara a sus anchas en mi jardín.
El escarabajo esmeralda, sin pretenderlo, me trajo mucho recuerdos. Me recordó unas esmeraldas, posiblemente falsas, que compré en el barrio de los esmeralderos de Bogotá. Me recordó a los colores de los colibríes que me vienen a buscar cada vez que aterrizo en México. Me recordó el tapiz verde esperanza de las praderas de Bosnia. Me recordó a los faraones del antiguo Egipto. 
Y mientras todos esos recuerdos acudían a mi mente, el escarabajo esmeralda retomó su camino sin tan siquiera despedirse.
A veces sobran las despedidas. Buen viaje amigo.

sábado, 15 de julio de 2017

El higo llorón


-Duende Sabio, Duende Sabio!
-Dime, Pepito Grillo.
-¿Por qué lloran los higos?
-Porque tienen sólo un ojo, jovenzuelo.
-¡Qué sabio eres, Duende Sabio!
-Sé más por Duende que por sabio...

miércoles, 12 de julio de 2017

Bikiniarz


El cuarto, en esta ocasión, es el 022. Está en la planta baja. Releo durante este viaje "Elocuencias de un tartamudo", de Eduardo Halfon. Se me olvidaba contar que estoy en Düsseldorf, Alemania, que hace veintidós grados centígrados y llovizna ligeramente pese a que estamos a once de julio. La habitación es amplia, adaptada para huéspedes con algún tipo de discapacidad física. El chico de recepción, un español de los que, según nuestro amado gobierno, trabaja aquí para conocer mundo, me dice que me la ha asignado por ser el único español que entraba hoy y no contar con ninguna solicitud específica para este tipo de alojamiento. 
-Es más grande y más confortable que las otras. Espero que la disfrutes -me ha dicho con cierta nostalgia en su mirada. 
-¿Viniste aquí a conocer mundo, no es así? - le pregunto.
-A conocer mundo iba a mandar yo a más de cuatro -me responde el recepcionista. 
-¿No estás a gusto en Alemania? 
-Uno está a gusto en su casa, en su pueblo, en su barrio, en su mundo…Esto es otra cosa. Estoy deseando volver, pero…¿para qué?
-Pues eso digo yo: ¿Para qué?
Ya en la habitación, y antes de refugiarme nuevamente en la lectura, vuelvo a observar la camiseta que me ha traído Artur de regalo. Es amarilla, de la talla XL, lo que supone un avance. Artur ya no me considera XXL. La camiseta en cuestión tiene un toque retro, nostálgico podríamos decir. Tampoco he explicado, a estas alturas del relato, que Artur es mi traductor. Para más señas, un polaco políglota pero que bien podría ser oriundo de la mismísima Torre de Babel por la cantidad de idiomas que domina. Y lo hace tan hábilmente que me recuerda a un lanzador de cuchillos; él lanza siempre las palabras adecuadas para que den en la diana y los clientes me entiendan como si habláramos el mismo idioma.
-La camiseta que te he conseguido rememora a la rebeldía silente que se hacía en mi país frente al comunismo en los años cincuenta -me ha explicado, Artur. Los jóvenes se juntaban para escuchar música prohibida y fumarse todo aquello que echara humo. Las chicas de ese soterrado movimiento de resistencia pasiva, en verano, iban todo el día en bikini, por lo que el colectivo en sí quedó bautizado con el nombre de “Bikiniarze” aunque a ellas, según me cuenta, las llamaban “Kociaki” que significa gatitas.
Encuentro en las mujeres de la subcultura “Bikiniarze” cierta semejanza con el actual Femen, pero las Femen con menos tela, eso sí. Eran otros tiempos. Aunque, a pesar de ello, no me imagino a ningún valiente llamando a una activista de Femen "gatita".
La rebeldía, el inconformismo, la protesta, la reivindicación, han hecho del mundo lo que es hoy. 
Aunque muchos de ustedes, mis osados y escasos lectores, podrán pensar: ¡Pues vaya mierda!
Y no les faltaría razón. Y si no que le pregunten al recepcionista.
Una de dos: o protestamos poco, o no nos toman en serio.

viernes, 7 de julio de 2017

Siete de Julio Iglesias: ¡San Fermín!


Ahora lo entiendo todo. Me encontraba desmotivado, con falta de inspiración, sin ganas de lavarme siquiera la cara, hasta que se ha hecho público que Julio Iglesias tiene un hijo secreto. Los hijos secretos de uno siempre son causa de controversia. Uno puede tener muchos secretos, como por ejemplo: tener un forúnculo purulento en el culo, un peluquero con falta de inspiración como le pasa al Líder Supremo de Corea del Norte, rezarle a Belcebú para que a tu suegra le de un mal aire y no se vaya contigo de vacaciones, disponer de una cuenta en Suiza con billetes de quinientos echando peste, disfrutar de una secretaria cariñosa y entrada en carnes, guardar bajo el colchón una revista porno pringosa, disponer de un carnet VIP de una sala de masajes, todo eso pase…pero tener un hijo secreto: ¡eso ya no! ¡Habrase visto! Eso es pasarse de castaño oscuro. Más que por el padre semental y prófugo, por la madre sufridora y por el propio hijo bastardo; que lo de llamarlo bastardo ya tiene su mala leche. ¿O no?
La cuestión es que, no sé si por ese hecho o por que la última novela de Amélie Nothomb, después de tanto esperarla, me ha defraudado un poco, yo andaba más triste que un vegano en McDonald…
Pero ahora ya no. Tras lo de Julio Iglesias y, sobre todo, después de visualizar unas fotos en bañador que han publicado por ahí del hijo de Isabel Pantoja, me he venido arriba y se han esfumado todos mis complejos. Ahora me siento capaz de afrontar el resto del verano con más valentía que los corredores de San Fermín. 
Por cierto, no sé si se habrán dado cuenta, pero ya estamos en San Fermín. ¡Viva San Fermín! ¡Gora!
¡Qué corra la sangre! ¡Qué corra!...


sábado, 1 de julio de 2017

De legionario a santón


Jerónimo Amigo era un tipo peculiar. Pese a su apellido, desde preescolar no se le conocía amigo alguno. Era un tipo huraño, de aspecto enfermizo y más feo que pegarle a un padre. En la mili lo destinaron a regulares y, para darle alguna utilidad inherente a su aspecto físico, le encargaron la muy loable tarea de cuidar a la cabra. La muerte repentina de la cabra lo llevó a enfrentarse a una especie de consejo de guerra que lo condenó a fregar letrinas de por vida desde que sonara el "Quinto levanta tira de la manta" hasta el toque de retreta, que por cierto, a él siempre le pillaba en el retrete. 
Evidentemente, por estos motivos y por otros más inconfesables, Jerónimo Amigo se dio de baja del glorioso Ejército Español, para irse a una comunidad hippie de las Alpujarras granadinas de la que había tenido noticias escuchando Radio Nacional. 
El gurú de la comunidad, a los días de su llegada, y tras de mirarlo fijamente a la cara un par de veces, lo asignó al cuidado de las cabras, con cuya leche fabricaban un queso artesano con el que mantenían aquella comunidad en la que el sexo libre, entre otras filosofías más complejas e inexplicables, marcaban la identidad y el devenir diario de sus seguidores. 
La cuestión fue que el sexo, al fin y al cabo, no era allí tan libre como se pregonaba ya que Jerónimo Amigo no se comió un colín durante los tres meses que aguantó en aquella sierra cuidando de las cabras y haciendo queso. 
Asqueado de su desdicha, metió unas cuantas cosas en un zurrón, se apropió de un macho y varias cabras de las que más leche daban, se puso una zamarra de piel de cabra y un taparrabos que él mismo se había confeccionado como vestimenta, y con nocturnidad y alevosía se marchó a fundar la comunidad de adoradores del macho alfa junto a una sueca miope que había perdido sus gafas y no tenía dinero para comprarse otras.
En la actualidad, la comunidad creada por Jerónimo supone un modelo de desarrollo sostenible vanagloriado en toda Escandinavia, y es la envidia de toda la Alpujarra debido a las trescientas suecas miopes que le acompañan.
Según una reportera noruega que recientemente visitó la comunidad para realizar un extenso reportaje para un revista de vida alternativa, el gurú se exhibe todo el día sentado en un trono realizado con maderas de la zona, viste un taparrabos de piel de cabra, y sobre su cabeza luce un chapiri de cabo primero de la legión. 
Dicen en su pueblo que Jerónimo Amigo continúa, a día de hoy, sin tener un sólo amigo, y muchos son los que opinan que ni falta que le hace.

miércoles, 28 de junio de 2017

Medio siglo de ideas


Me ocurre últimamente con demasiada frecuencia y esto me preocupa. Les pongo en antecedentes. Estoy leyendo, cocinando, caminando, o simplemente haciendo nada, cuando de pronto, en mi mente se forja una idea extraordinaria. Hasta ahí todo bien. Entonces, inquieto por la magnitud de la inspiración divina que acaba de surgir dentro de mi cabeza, intento abandonar lo que estoy haciendo para, sin demora, ir a depositar sobre el papel, o la pantalla, tan colosal alumbramiento. Y es ahí, en ese lapso de tiempo, entre que concibo la idea y la intento plasmar, cuando surge el problema que les quiero contar a modo, claro está, de confidencia: cada vez son más las veces en las que llego tarde y la idea se difumina en mi mente sin que pueda quedar registrada de ningún modo; sin poder hacerse materia, letras, números, signos, esquemas, o meros dibujos. El problema, y no pequeño, que me acontece, es que muchas de esas ideas se me olvidan por completo.
Temo que mi creatividad se haya visto afectada por alguna especie de incontinencia de origen vírico. Los esfínteres de mi cerebro se ven ahora incapaces de retener el milagroso flujo con el que siempre me han bendecido las ideas, y estás, incontroladas, se desbordan y desaparecen en el abismo de la nada en menos de un abrir y cerrar de ojos.
Y esta situación me hace dudar. Dudo incluso sobre si la idea se había madurado lo suficiente, o simplemente era el resquicio de una idea a medio formar, o era tan sólo una mierda como un piano de cola.
Antes las ideas me venían servidas en bandeja de plata, y ahora, desconozco el motivo, ya no es lo mismo. Para bien, o para mal, el medio siglo que arrastran mis costillas no es moco de pavo.

viernes, 23 de junio de 2017

El sombrero de mi abuelo


Lo reconozco: aquella tarde hacía un calor horrible. Hasta el punto de que no sería nada aconsejable salir a caminar, pero yo salí. Salí con ganas de ir consolidando el hábito de salir. Urgía para mi subsistencia no quedarme absorto tanto tiempo tras la pantalla del ordenador. Enfrentarme con valentía al pernicioso sedentarismo, que tanto me estaba perjudicando, era mi única salida. Por eso, pese a lo adverso de la climatología, decidí ponerme en marcha.
El camino estaba reseco, polvoriento, como desértico. La maleza amarilleaba el paisaje otorgándole un colorido aún más inhóspito y deshumanizado. Mi voluntad, sin embargo, se mantenía firme. Mis pasos avanzaban a un ritmo medianamente aceptable. No me importaba tanto el reto atlético como la lucha que se libraba en mi interior. Esa lucha se había convertido en la más importante de mis luchas. Mi nuevo yo, que acababa de nacer, frente a mi yo caducado que se negaba a abandonarme. Mi enfermedad frente a mi salud. Paso a paso, metro a metro, minuto a minuto, bajo un sol injusto al que, contradictoriamente, solemos llamar de justicia. 
Las moscas tampoco mostraban ninguna benevolencia conmigo. Normal, si ni tan siquiera yo había sido capaz de mostrar justicia conmigo como lo iban a ser esos bichos chupamierdas tan asquerosos. Me perseguían con la perseverancia de un cobrador profesional ávido de comisiones. Mientras intentaba quitármelas de encima como podía, vi como una tierna mariposa era engullida, en pleno vuelo, por una romántica golondrina, hecho este que no le restó un ápice de ternura a la improvisada merienda del ave migrante.
El objetivo estaba ante mi vista. Media hora de ida, hasta esa casa roja que siempre estaba cerrada, y media hora para el regreso, era la dinámica redentora que me había planificado para esa tarde. 
Al llegar a la casa, me agaché para atarme una de mis cordoneras. En ese preciso momento fue cuando me percaté de que la puerta de la casa estaba literalmente reventada. La curiosidad del niño que todos llevamos dentro hizo que me asomara al interior de aquella casa que durante tantos años había servido como decorado y como referencia a mis bucólicos paseos.
La casa estaba vacía, con la salvedad de que en una de sus más grandes dependencias, que en su momento habría sido el salón de la vivienda, había volcado un gran baúl. A su alrededor, lucían desperdigadas numerosas prendas, revistas y algún que otro libro de texto que perteneció, según pude leer, a Juanito Peñalver, un niño que, de seguir vivo, ya no sería tan niño.
Sin embargo, mi atención se centró en una vieja guía telefónica. Compañía Telefónica Nacional. Murcia, 1961. Por esas fechas, yo aún no había nacido. La guía se encontraba tan amarilla y descolorida como el paisaje por el que acababa de transitar. Entonces, mientras ojeaba ese desfasado listado me dio por buscar el nombre de mi abuelo: Antonio Fernández Carrión. Por suerte, la parte de la guía que incluía a los apellidos que empezaban por la letra efe se encontraba aún bastante legible, ya que muchas otras, anteriores y posteriores, estaban roídas por las polillas u otros insectos aficionados al papel aderezado con tinta de imprenta.
Comencé a buscar. Me sorprendió gratamente ver a tantos Fernández juntos. Inocentemente, me sentí importante al ver que había más Fernández que Peréz o Gutiérrez. Pensé qué, tal vez, algunos de esos Fernández podrían ser familiares míos. En el listín, primero figuraba el primer apellido, posteriormente el segundo, y después el nombre de pila. Tras esa primera información, aparecía la dirección en la que se encontraba el teléfono. Eso me hizo recordar el nombre de la calle en la que se había criado mi padre: calle Madrid, y, al mismo tiempo, hizo que me diera cuenta de que desconocía el número en el que se ubicaba la vivienda.
Según avanzaba, deslizando mi dedo índice sobre el listado de los Fernández, mi nerviosismo fue en aumento. Me embargaba una sensación extraña, como si me encontrase a punto de realizar un hallazgo capaz de cambiar mi destino. Como si el hecho de tropezarme con el nombre de mi abuelo en ese listín olvidado y polvoriento pudiera ejercer en mí algún efecto milagroso que me ayudara a recobrar mi deteriorada salud. Tal vez esa casa roja, en la que tanto había reparado mi mirada en las últimas décadas, guardara en su interior algún mensaje secreto para mí. 
Cuando leí los dos apellidos de mi abuelo, junto a su nombre, sentí un tremendo escalofrío. Mis vellos se pusieron como escarpias, las manos comenzaron a sudarme y mi boca se quedó más seca que un esparto en pleno agosto. Cuando conseguí reponerme de tan inaudita sensación, proseguí con la escueta lectura que me atenazaba: calle Madrid, 2. No había duda, estaba ante los datos telefónicos de mi abuelo Antonio. Sé que es absurdo, pero sentí algo especial, fue como si, en ese preciso momento, mi abuelo Antonio y yo hubiésemos vuelto a contactar después de más de cuarenta y cinco años. Vinieron a mi mente momentos que, con toda seguridad, recuerdo más gracias a las fotografías que a la capacidad de mi propia memoria. En una de ellas, aparece mi abuelo Antonio, con un sombrero muy elegante, llevándome de la mano al colegio Andrés Baquero. Lo que más me gusta de esa fotografía es la sonrisa congelada de mi abuelo. Bueno, no sólo la sonrisa, más bien toda la expresión facial de felicidad y ternura que captó la cámara para la eternidad. Para mí, el abuelo Antonio siempre fue esa mirada, esa mano arrugada, esa mueca congelada de ternura bajo la sombra que proyectaba un sombrero al más puro estilo de las películas americanas en blanco y negro que marcó toda una época.
Y por último un número. Un número que no se diferenciaba mucho de los números telefónicos de los actuales teléfonos fijos. Lo leí varias veces como si me sonara de algo. El ocho se repetía en varias ocasiones. También el dos. Sin pensarlo dos veces, agarré mi teléfono móvil de última generación y marqué, sin saber muy bien para qué, aquel número. Sabía, perfectamente, que esa llamada en el tiempo era misión imposible; una especie de homenaje al humor absurdo o, tal vez, un primer síntoma de confusión ante una más que inminente insolación que me acuciaba.
Marqué, como les digo, y el teléfono sonó. Sonó, como diría Joaquín Sabina, como un signo de interrogación. Sonó como deben sonar los gritos de los inmigrantes minutos antes de ser tragados por el Mediterráneo y perderse en la negrura de las profundidades. Sonó hasta que se desvió la llamada a una máquina y una voz femenina en conserva dijo que el número que estaba marcando no pertenecía a ningún abonado. Evidentemente, mi abuelo Antonio ya no estaba abonado. Él hacia mucho tiempo que había dejado de ser abonado para ser abono. O, tal vez, ni eso.

domingo, 18 de junio de 2017

Seyran Ates y el nuevo islam europeo



Si días atrás, tras regresar de mi reciente viaje de trabajo a Kazajistán, les hablaba de la pintora kazaja de origen uigur Munisa Gulieva, y de su artística lucha para dar visibilidad a la realidad de las mujeres musulmanes; hoy les quiero hablar de otra mujer: Seyran Ates, escritora feminista de origen turco que, con admirable valentía, está exigiendo una profunda renovación dentro del mundo y el pensamiento islámicos. 
Seyran Ates, aún a riesgo de poner en peligro su vida, está proponiendo, desde Berlín, un "renacimiento" ideológico para adaptar el islam a los nuevos tiempos y a la nueva realidad de sus fieles. Entre otras muchas cosas, Seyran Ates propone una nueva forma de participar en la mezquita en la que hombres, mujeres y niños puedan disfrutar conjuntamente de la oración. Propugna la igualdad de género como piedra angular de esa renovación y la adaptación lingüística a cada país, de tal manera que se pueda predicar en español, inglés, francés, o en arameo si fuera el caso.
También propugna Seyran Ates, en ese renacimiento musulmán, la libertad sexual y la abolición del uso del burka, niqab, o de cualquier otro elemento o indumentaria que limite o condicione la necesaria igualdad entre hombres y mujeres. 
Que la renovación del mundo musulmán venga de la mano de las mujeres, y más en concreto de las mujeres musulmanas arraigadas en Europa, levantará ampollas en un mundo machista, radicalizado por culpa de intereses económicos y geoestratégicos, que ha dado lugar, en las últimas décadas, a un conflicto internacional que poco o nada tiene que ver con la religión.
La mezquita Ibn-Rushd-Goethe de Berlín es, ante todo, un espacio de tolerancia e integración, y su impulsora, Seyran Ates, una mujer que pasará a la historia por atreverse a promover un cambio que, a buen seguro, millones de musulmanes, hombres y mujeres de todo el mundo, estaban deseando calladamente que se planteara.
Aunque el primer paso ya está dado, mucho me temo que no se lo pondrán nada fácil. 
Muchos ánimos Seyran. Enhorabuena por tan encomiable iniciativa.

jueves, 15 de junio de 2017

La flor de la berenjena


La vida avanza desbocada bajo la bóveda celeste mientras mi berenjena me regala unas preciosas flores de color violeta. La naturaleza no entiende de aritmética, adonde antes tenía tres huevos ahora tengo sólo dos pollitos. Rajoy, pese al rosario interminable de corrupción que le rodea, continúa tan campante en el gobierno. Amélie Nothomb, mi escritora favorita, ha publicado un nuevo libro en España. Y mientras todo eso sucede, un día atropella al siguiente como si no hubiese guerra en Siria ni hambre en el mundo. Igual que hace un mes con otro mes y un año con otro año. 
Hay gente que se cruza en nuestro camino para aportarnos luz, mientras otros, por el contrario, se nos acercan de manera sibilina para eclipsarnos, o para robarnos las berenjenas. Unos y otros nos influyen alterándonos el ritmo y el rumbo. 
Algunos, en paralelo, nos acompañan durante un trecho de nuestra existencia mientras el calendario avanza inexorablemente sin reparar en nosotros, ni en nuestras intenciones, ni en la sutíl floración de las berenjenas. Sin saber ni cómo ni por qué, muchas de esas personas, de un día para otro, dejan de tener influencia en nuestras vidas. Desvaneciéndose, salen de nuestra órbita gravitacional y nuestro camino prosigue expedito, invariable, constante, tal y como gira la tierra en torno al sol. Pese a lo que pensamos, avanzamos de manera inconsciente alardeando de controlar nuestro destino. La luna aparece y desaparece de nuestras noches. De vez en cuando, por desgracia las menos, reparamos en la Estrella Polar que habita en la cola de la Osa Menor. Nuevas personas-planeta entran en nuestra órbita vital y nos vuelven a condicionar nuestra marcha. Meteoros. Cometas. Estrella fugaces que se acercan y se van. Sale el sol. Se hace la oscuridad. Seguimos avanzando mecánicamente mientras pensamos, ilusos, que nosotros trazamos el rumbo. Tan grandes y ostentosos en nuestra insignificancia. Lo que hoy es una preciosa flor violácea mañana será una jugosa berenjena y poco después un detritus. Todo es lo mismo. Absolutamente todo.

sábado, 10 de junio de 2017

Catorce noticias de aupa


Una monja pierde la fe en la sección de lencería de unos grandes almacenes y la cajera ingresa en un convento de clausura. Todo fue visto y no visto -declaró la ilusionada novicia. Se sigue buscando a la religiosa tránsfuga.
Pintor, sin inspiración desde la Guerra Civil, deja de pagar el autónomo de artista y le embargan el caballete. Total para lo que me queda en el convento -exclamó ante los circunspectos agentes de la Agencia Tributaria.
3º Científicos estadounidenses, tras un ataque alienígena, acuden a la Universidad de Harvard disfrazados de mariachis, y cantando la Internacional, alegando haber conseguido la vacuna contra la intolerancia. A día de hoy se desconoce su paradero.
Le toca la lotería y desaparece sin dejar rastro. Su mujer, sus diez hijos, una cuñada embarazada de mellizos, la suegra que había ligado con un joven surfero noruego y lo había acogido también en la casa que todos compartían, lanzan un llamamiento a través de Interpol para localizarlo.  Según las últimas pesquisas de la policía, el afortunado ha pedido asilo político en Cuba alegando persecución religiosa. Según unas declaraciones efectuadas a la televisión cubana, y a las que ha tenido acceso la agencia de noticias EPE, el español declaró que lo habían obligado a integrarse en una secta religiosa y a reproducirse intensamente sin su consentimiento, con nocturnidad y alevosía. Mientras espera la resolución de su expediente de asilo, el afortunado prófugo, haciendo gala de su afortunado infortunio, descansa en Varadero rodeado de un séquito de ex-bailarinas del Tropicana. 
Aldo Chaparro, jugador del Club Deportivo Malpiernense se rompió la tibia y el peroné al lanzar un penalti. Lo peor del asunto es que no llegó ni a golpear al balón. ¡Se me fue la pierna! ¡Se me fue la pierna! -gritaba desesperado el pelotero desde la camilla mientras lo sacaban de la cancha ante la carcajada general del graderío.
Un repartidor de Cocacola despedido tras ser sorprendido en su camión bebiendo tinto de verano Don Simón. En el acto de reconciliación el conductor alegó: ¡Soy murciano, joder!.
Sorprenden, en las duchas de un gimnasio low cost, a rubia de bote con el chochete morenote. Al ver todo aquello me dio mucha impresión -declaró el fontanero de mantenimiento a Radio Nacional antes de entrar a la consulta de su psicólogo.
Adolescente ingresado en cuidados intensivos tras sufrir un brote alérgico al agarrar el libro que algún malintencionado había depositado sobre el asiento de su moto. Sentí como un calambrazo -confesó el joven.
En Hollywood, rechazan un guión para la próxima película de Sylvestre Hastalostallones porque en él moría hasta el apuntador. 
10º Zombie se muere de susto al tropezarse en un parque infantil con un globo de Bob Esponja sin que la Patrulla Canina pueda hacer nada por su vida. Ryder ha declarado: lo siento mucho. Me he equivocado. No volverá a ocurrir.
11º Belén Esteban Post anuncia una nueva operación para parecerse a Belén Esteban Pre. Según fuentes cercanas a la ex del torero, y madre de su hija, ésta declaró en petit comité: cuando consiga de nuevo parecerme a mí misma me presentaré a las próximas elecciones generales. Las encuestas me son favorables -matizó. ¿A la Pre o a la Post? -le preguntarón. No me líes, no me líes, que yo por mi hija ¡MA-TOO!. No sé si lo sabes...-amenazó la tertuliana.
12º Camisa de fuerza, por falta de uso, se queda sin fuerza.
13º Peppa Pig sorprendida en Walmart comprando cuarto y mitad de jamón de Jabugo. Caí en la tentación, lo reconozco -declaró la famosa gorrina ante los cegadores flases de los reporteros.
14º Se descubre que el titular de estos titulares carece de título.

viernes, 9 de junio de 2017

Cámara café: La vecinita


-Hola Onofre, hoy pago yo el café que te veo un poco desmejorado. ¿Lo tomas solo o cortado?
-Mejor cortado, Eleuterio, pero descafeinado, que ando atacado de los nervios.
-Y eso por qué, si tú siempre has sido un hombre muy tranquilo.
-Por culpa de mi vecina de arriba.
-¿Qué le pasa a tu vecina?
-Esa mujer me quiere buscar la ruina.
-Explícate, Onofre: ¿qué te está pasando con esa vecina?.
-Pues Eleuterio, está muy claro. Como tú bien sabes, la carne es débil. 
-¿Y?
-Consiguió mi número de móvil, al ostentar este mes la presidencia de la comunidad, y desde ese mismo momento comenzó a enviarme mensajitos....
-¿Qué tipo de mensajes te envía, Onofre? ¿Tienes por ahí alguno para verlo?
-Tú estás loco o qué. Los borro al instante. ¿Te imaginas que mi mujer los leyera? No quiero ni imaginármelo.
-Pues tú no le hagas ni caso y terminará por aburrirse.
-Eleuterio, el otro día, su marido, que es forense, fue a una convención organizada por Funerarias La Eternidad, y me invitó a subir a su casa para verificar unos apuntes de la contabilidad de la comunidad, ya que yo hacia las tareas de secretario en la directiva saliente.
-¿Y qué pasó?
-Me contó que su marido estaba muerto de cintura para abajo y que ella sufría en silencio sus ansiedades, pero que no aguantaba más...
-¿Entonces?
-Pues entonces, se abalanzó sobre mí y se quitó de un plumazo varios meses de ansiedades.
-Estás hecho un campeón, Onofre. Lo que daría yo por tener una vecina así como la tuya.
-No digas tonterías, Eleuterio. Yo amo a mi esposa. Estoy loco por juntar el valor para contárselo todo y pedirle disculpas.
-¿En serio qué se lo vas a contar?
-¿Acaso no es lo mejor que puedo hacer?
-Yo tengo una idea mejor...¿Me pasas el teléfono de tu vecina? Creo que le voy a tener que revisar las cuentas de la comunidad en una especie de auditoria express.
-¿En serio que harías eso por mí?
-Por un amigo como tú hago yo eso y mucho más...Por cierto, ¿qué edad tiene tu vecinita? 
-Sesenta y tantos años, o por ahí.
-¡Me cago en la leche, Onofre! No cuentes conmigo, tío. Apáñate como puedas, que ya eres mayorcito.
-¿Adónde vas Eleuterio, con tanta prisa?
-Llego tarde a una reunión...Ya me irás contando cómo te va, amigo. ¡Suerte y al toro!

miércoles, 31 de mayo de 2017

Calzoncillos


Ahora, en esta nueva vida mía que me ha concedido mi hígado, y con el cuerpo de torero que se me está quedando, he recibido una oferta de la prestigiosa firma Tommy Hilfiger para sustituir a Rafa Nadal en los anuncios de calzoncillos.
Ya me veo en todas las marquesinas, marcando paquete, bien bronceado, rociado de aceite, depiladito, y deleitando la vista de los transeúntes con falta de renovar el parque móvil de calzoncillos que, en la mayoría de los casos, siempre anda con mucha falta de renovación.
Sé que provocaré algún accidente de tráfico, alguna que otra discusión conyugal, y muy probablemente, después de lucir cuerpazo, me ofrezcan alguna portada en Interviú, o participaré en algún reality show en el que tenga que estar todo el día en taparrabos. 
Estar bueno, como yo estoy ahora, es un arma de doble filo. Te miras al espejo y te pones cachondo sólo de pensar en todo lo que este cuerpo, con disfunciones hepáticas, puede aún dar de sí. 
Ahora con diez kilos menos, y haciendo una hora y media al día de caminata y natación, habiéndome convertido en flexivegetariano, y estar más guapo que cuando hice la comunión, no tengo ganas de morirme nunca.
Más que nada porque creo que sería una grave pérdida para la humanidad. 
¿O no?

domingo, 28 de mayo de 2017

Tengo tres huevos


¡Menudo descubrimiento! Tengo tres huevos y la cabeza de chorlito. Pero los huevos no son de chorlito sino de mirlo, aunque no de mirlo blanco, que esos siempre escasean, de mirlo negro, un mirlo tan negro como una noche sin luna y tan voraz que me levanta todas las macetas en busca de sus anhelados bichillos. 
Descubrir que soy propietario de tres huevos como Dios manda no fue cosa fácil, tuve que meter la mano a tientas, palpar a ciegas, y ¡eureka! grité. ¡Tengo tres huevos! Exabrupto que soliviantó a mi vecina. 
Ipso facto, pensé en meter el teléfono entre el follaje y sacar una instantánea como prueba inequívoca de tan trascendental descubrimiento biológico. Y ahí fue cuando me dí cuenta de que mis huevos eran verdes. Tan verdes como los extraterrestres. Tan verdes como el sobaco del increíble Hulk. Tan verdes como los mocos de mi hija. Tan verdes como los batidos de espinacas que me tomo para no morirme nunca. Así que ya saben: tengo tres huevos verdes, mucho follaje, y la cabeza de chorlito. ¡Menudo peligro!
Cuando salgan los polluelos ya les iré contando...