domingo, 17 de septiembre de 2017

Eterno aspirante sin aspiraciones


Estos días, pese a mis limitaciones, preparo mi tercer libro de relatos. Hasta este momento soy, como bien saben, un escritor fracasado, un escritor perdido entre sus propias letras, embalsamado en su arrogante intrusismo, ofuscado en su propia sinrazón. Mientras disfruto de ésta insignificante proeza literaria, en este blog alcanzaré las doscientas mil visitas. Tras todo esto -ya me veo más cerca del Cervantes- me siento capaz de escribir sobre cualquier cosa a pata coja, me imagino zarandeado por mis seguidoras en la Feria del Libro de Guadalajara, tirándome ellas fajas y sujetadores, como a Jesulín de Ubrique, y ellos miradas justicieras, como de marido cornudo. 
Para mi vida de escritor afamado, que se avecina, acuñaré un seudónimo rimbombante. He pensado en llamarme Mario Alcantud, o Alberto Suñer, o Salvador Amante, este último por si me meto de lleno en la novela romántica, que nunca se sabe. 
No sé aún muy bien al género al que le voy a dar duro. Me va la novela negra, las de espías no están mal, la autoayuda también mola, la histórica me ha gustado siempre pero requiere de mucho esfuerzo para documentarse a fondo, la erótica requiere de mucha onomatopeya y me pierdo mucho en la sonoridad, la romántica y la realista exige de grandes cualidades descriptivas, así que, dicho lo cual, no tengo nada claro mi continuidad en el mundo de la literatura.
Tal vez, tras este tercer libro abocado a la misma ruina que los otros dos títulos que le precedieron, me dedique a otra cosa. He pensado en refugiarme en el ajedrez o en la tranquilidad de la pesca deportiva. Eso. La pesca deportiva la veo como más relajante. Me viene a la memoria el recuerdo de un día de pesca junto a mi tío Matías. Él sacaba un mujol cada dos minutos, mientras yo saqué un puto zorro en dos horas. Ahora tendría unos cuantos años por delante para revertir esa historia que frustró mi infancia. Ni sirvo para pescar, ni sirvo para escribir, ni tengo admiradoras que me lancen sujetadores de encaje negro que son los que inundan siempre mis sueños eróticos más inconfesables.
Doscientas mil visitas y tres libros de relatos. Menudo atrevimiento el mío. 

miércoles, 13 de septiembre de 2017

Un niño en calzoncillos


Hay un niño en calzoncillos. Uno que podrían ser varios. O muchos. O millones. Pero yo, con frecuencia, veo a uno. Un niño famélico, a menudo con la cara desenfocada, y con unos calzoncillos tan sucios que perfectamente podrían estar acartonados. El niño está tan sucio como sus calzoncillos. Un niño, o el mismo niño, que vi en una aldea de Chiapas, o de Ucrania, o de Túnez, o como el que el otro día me encontré en Uzbekistán. Un niño grisáceo, recubierto con una terrible capa de polvo de olvido, del que destaca el negro de sus ojos, con los que te clava una mirada fría y acerada capaz de reventarte la sien. El niño del que les hablo siempre me mira, nos mira, con una mirada interrogativa e inquisidora. Con una mirada entre ausente y penitente. Con una mirada que parece no reconocerme a mí ni al mundo de dónde vengo. Con una mirada de otro planeta. ¿O acaso  es que en la tierra existen dos planetas en uno? ¿Uno bueno y otro malo? Una mirada que me deja vacío, como si esos dos ojos brillantes de hambre y de sueños fueran capaces de arrebatarme la poca energía vital de la que aún hago gala.
Hay un niño en calzoncillos que corroe mi conciencia. Uno que, por desgracia, no es el mismo repetido. Son millones y millones los niños desheredados que me miran ofreciéndome el perdón que no merezco; el perdón que no merecemos.

lunes, 11 de septiembre de 2017

La fábula de la tortuga y el erizo


En las afueras del milenario bazar de Taskent un viejo mercader gordo, medio borracho, y con una barba que, a buen seguro, debería representar un peligroso foco infeccioso para la población uzbeka, vendía diferentes tipos de aves: canarios, periquitos, agapornis, una cotorra chillona, y al pie de todos ellos, en una caja de madera se encontraban un tortuga rusa y una pequeña jaula con barrotes de alambre, en cuyo interior, un erizo se dejaba la dentadura mordiendo desesperadamente con la intención de escapar de una muerte que daba por segura. 
—Señor, señor, me dijo el mercader ¿no querría usted comprarme este erizo?. 
—No, caballero, de ningún modo ¿qué podría hacer yo con ese erizo? Además, a ese animal lo debería usted liberar ahora mismo, no ve que está enloquecido dentro de esa minúscula ratonera -dije mostrando mi enfado.
—Si se lo come, tendrá más mucha virilidad y mejorará en todas aquellas enfermedades que laten en su interior. Aquí mismo, en el bar del bazar, se lo pueden cocinar de varias formas diferentes. Anímese y cómpreme este erizo para su salud. No se arrepentirá -me explicó el señor, en un ruso rudimentario que Artur, mi traductor, apenas si podía descifrar. 
Yo me quedé apesadumbrado observando a los animales, mientras que Artur iniciaba con el mercader una conversación en ruso sobre su Polonia natal, de lo que el vendedor se había percatado tal vez por la gorra que Artur suele utilizar cuando andamos de turistas. Una gorra con los colores de su bandera nacional y su escudo, y sobre la que el vendedor mostraba una gran nostalgia debido a que, en su juventud, había trabajado durante algunos años en la reconstrucción de la ciudad de Varsovia, tras el desastre al que todos conocemos como Segunda Guerra Mundial.
Entre el murmullo de tan emotiva conversación de la que, claro está, yo no entendía absolutamente nada, me pareció escuchar unas extrañas vocecitas. Unas vocecitas que, por mucho que me resistía a aceptar, intuía que procedían del erizo y de la tortuga.
-Estoy intentando que el señor libere al erizo -interrumpió la magia el polaco- A ver si me lo meto en el bote con las historias de Polonia y lo acabo convenciendo -me dijo, Artur, en un receso, mientras que el mercader atendía a una señora que quería comprar un periquito para su nieta.
Al reanudar ambos la conversación, yo agarré la tortuga y ésta, amigablemente, me saludo:
—Hola amigo: tu compañero es muy amable intentando la liberación del pobre erizo. Él es más impaciente y lo está pasando peor que yo. Yo le digo que nuestro destino está escrito, pero los erizos son mucho de revelarse contra el destino —me explicó el simpático quelonio.
Yo había pensado la respuesta pero no la había formulado, sin embargo, la tortuga era capaz de escuchar mi voz interior sin necesidad de que yo pronunciara palabra alguna. Por un instante pensé que todo aquello era fruto de mi imaginación, o tal vez de mi indignación, pero esa vocecita seguía hablándome y respondiendo a mis pensamientos en una misteriosa conexión telepática en la que las palabras sobraban.
De repente, el embriagado mercader, ante la insistencia de Artur sobre la liberación de aquel pobre erizo y la constante presión de mi mirada inquisidora, agarró la jaula sin la debida precaución y recibió un colosal mordisco en uno de sus dedos que hizo que la jaula saliera despedida por los aires. Al mismo tiempo, y debido al sobresalto que el viejo comerciante se llevó, piso la caja de madera en la que se hallaba la tortuga y está volcó lo que dio lugar a que la tortuga iniciara una lenta y sigilosa huida mientras que el mercader centraba toda su atención en la jaula del enrabietado erizo. 
Por fortuna, la tapa de pequeña jaula se abrió y el erizo, antes de que el vendedor pudiera agarrarlo nuevamente, emprendió una veloz carrera hacia una vertiginosa ladera que desembocaba en una rambla tan seca y polvorienta como el suelo de aquel milenario mercado. 
Al darse la vuelta, el señor pudo comprobar como la caja en la que se encontraba la tortuga estaba volcada. Con la mirada, y visiblemente ofuscado, rebuscó alrededor mientras yo con mi cuerpo tapaba la lenta pero persistente huida del reptil, señalando con el dedo hacia el lado contrario, con la intención de confundirlo y con ello dar tiempo a que la tortuga pudiera ganar unos minutos con los escabullirse entre la maleza, como así sucedió.
Antes de que se diera cuenta el odioso comerciante, Artur y yo, nos alejamos escabulléndonos entre la multitud que a diario frecuenta ese milenario mercado de la capital uzbeka.

Moraleja: Sólo se consigue lo que se intenta.

sábado, 26 de agosto de 2017

Lectura para Yolanda y Jesús


Conocí a Yolanda hace ocho años. Era una chica muy mona -y lo sigue siendo- refinada, inquieta, y con una ganas tremendas de hacer cosas. Exigente, eso sí. Muy exigente. Sin embargo, pese a su exigencia, algo me decía -ese algo que nos habla dentro de nosotros y que nunca sabemos de dónde sale- que tenía que aceptar. Y yo acepté. Fue, sin duda, uno de esos aciertos que te marcan para siempre, como estoy seguro que le pasó a Jesús, del que tengo que decir, y no vayan a pensar ustedes mal, que la chica tuvo muy buen ojo.
Yolanda y Jesus, Jesus y Yolanda, ambos aquí hoy, delante de todos nosotros, jurándose amor eterno. Tanto monta, monta tanto. Hacen una pareja de libro, de anuncio televisivo, una pareja en la que podríamos inspirarnos para escribir una bonita novela de amor en plan culebrón, que culminaría con la llegada al mundo de la pequeña Cloe. Un llegada tan llena de dificultades como de alegrías, tan llena de luchas y llantos como de ilusiones.
Y así es como Yolanda y Jesus se enfrentan a todo, con dificultad, pero sin limitaciones, con barreras pero con alas, con dudas pero sin miedos.
Hoy yo tenía que decirles algo bonito delante de todos ustedes. Confiaban en que yo pudiera escribirles algo genuino que ustedes no supieran, algo que sonará bien en un día tan importante para ellos como el de hoy, pero, qué quieren que les diga, ellos escriben cada día tan bonito el guión de sus vidas que ni el mismísimo Cervantes tendría palabras para superarlo.
Queridos amigos: sólo os pido que nunca cambies, y sobre todo, que nunca dejéis de amaros. Sin amor no somos nada.
¡Vivan los novios!

miércoles, 23 de agosto de 2017

El camaleón, la siesta y Marujita Díaz


Hastiado, sudando, y con ganas de matar a alguien, me asomé por la ventana. La cigarra cantaba, posiblemente, siguiendo las instrucciones marcadas por María Ostiz algunas décadas atrás, y el camaleón la miraba deseoso con uno de sus ojos, mientras que con el otro vigilaba a un gran moscardón azulado que chupaba con ansia una breva que había tirada en el suelo. El camaleón en cuestión se le había escapado, hacía algún tiempo, a un vecino mío que es militar y que lo había traído de Melilla, durante un permiso, escondido en el petate. El parsimonioso reptil, cansado de andar encerrado, se había fugado de su jaula y había encontrado amparo en la pacifica frondosidad de mi jardín. 
La cigarra seguía erre que erre, dando por saco, haciéndose eco de otras cigarras tan porculeras como ella. El camaleón avanzó con el sigilo con el que avanzan los que quieren hacerla tuerta o tienen más hambre que Jeremías, o las dos cosas. El moscardón chupaba de aquel higo rastrero como un bebé de su chupete. El sonido que envolvía toda la escena era ensordecedor y caía un sol que ni en el Sáhara, si bien es cierto que, a las cinco de la tarde, y en pleno agosto, no se podía esperar otra cosa.
El camaleón, sintiéndose habilitado para no fallar en sus gastronómicas intenciones, lanzó su pegajosa lengua hacia el moscardón con el mismo ímpetu con el que un púgil lanza un gancho de izquierda al percibir que la cosa está medio hecha; y para beneplácito del antediluviano reptil, tras replegar su lengua, este engulló al moscardón mientras sus cónicos ojos daban vueltas y más vueltas de felicidad emulando a la malograda Marujita Díaz. Alegría que duró lo mismo que una bolsa de chucherías en el patio de un colegio, ya que, en el preciso instante en el que el moscardón pasaba por la estrecha traquea y llegaba a su vacío buche, un cernícalo se lanzo en barrena contra el camaleón y se lo llevó en volandas entre sus patas para darle la merienda a sus polluelos que ya se la reclamaban.
Lo peor es que la cigarra no se enteró de nada y siguió jodiéndome la siesta, sin miramiento alguno, a coro con todas las de su maldita especie que, con lo grande que es el mundo, esa tarde debían de estar todas en mi jardín celebrando un festival de coros y danzas, o algo por el estilo.
La naturaleza no tiene piedad de nadie y mucho menos de los que dormimos la siesta. De los mosquitos que me picaron en el culo mientras intentaba cargarme a toda esa insoportable legión de cigarras mejor les hablaré otro día. 

viernes, 18 de agosto de 2017

Réquiem por la cordura


Soy blanco, supuestamente católico, y heterosexual. Para algunos, serían suficientes argumentos como para sentirse el Rey del Mambo. Otros se sienten supremos por rezarle a Alá y se atribuyen el derecho de masacrar a todo hijo de vecino. Otros se atribuyen el derecho a matar a sus mujeres, o el de violar a niños, o el de dejar morir de hambre a un continente entero mirando para otro lado. 
Jesucristo dijo: “Quién esté libre de pecado que tire la primera piedra”. Yo, que fui a Maristas, me eduqué en el doble rasero de todas las religiones: “Haz lo que yo diga pero no lo que yo haga”. Evidentemente aprendí que una cosa son las religiones y otra bien distinta los religiosos.
Las religiones, en sí mismas, no son malas, lo peor es que las pervierten los hombres, las manipulan para su interés que siempre es el mismo: ostentar poder y amasar dinero.
Escribo todo esto como desahogo, cosa, por otro lado, siempre difícil de gestionar. En momentos críticos como el que nos ha tocado vivir hoy en Cataluña, es complicado no dejarse llevar por las vísceras y poner un poco de orden y concierto sobre el aluvión de sentimientos encontrados que nos inundan.
Observamos, en las redes sociales, reacciones de repulsa, de rabia, de impotencia, y de solidaridad con las víctimas, y también las manifestaciones de gente que aboga por el radicalismo frente al radicalismo. El ojo por ojo. La Ley del Talión. 
En cierta medida es normal. Es muy complejo para nosotros, los ciudadanos de a pie, entender el trasfondo de toda está barbarie que nos toca sufrir en nuestras propias carnes. Y digo nos toca porque los que la desencadenaron viven a las mil maravillas rodeados de riquezas y de seguridad. Los que nos enfrentaron, a uno y a otros, siguen ostentando privilegios, y cargos oficiales, y pensiones vitalicias, y acciones en Wall Street. 
Pero amigos míos, los que tenemos que poner la otra mejilla siempre somos los mismos.
Para finalizar este desahogo, me van a permitir parafrasear a Gandhi con dos de sus más celebres proclamas: “Ojo por ojo y todo el mundo acabará ciego” y “No hay camino para la paz, la paz es el camino”.
Descansen en paz todos los fallecidos en el terrible atentado que sacudió ayer a la maravillosa ciudad de Barcelona y ojalá se recuperen pronto y bien todos los heridos. 
No sé por qué ni para qué, pero tenía que escribir todo esto.

lunes, 14 de agosto de 2017

Mi cangrejo Tomate


Les podrá parecer un tanto extraño, pero les contaré que en mi jardín vive un cangrejo rojo que tiene los ojos saltones. Y más extraño les parecerá cuando sepan que dicho cangrejo es de goma y que era el favorito de mi pequeña Ana María para jugar en la bañera. La gran mayoría de los adultos son de la opinión de que los juguetes no pueden adquirir ni transmitir sentimientos humanos y, aunque me tomen por loco, les diré que están en un gran error. Los que piensan de esa forma se ve que no han observado la experiencia tan prodigiosa que provocan los juguetes en el interior de los niños. No han disfrutado contemplando la gran complicidad que se genera entre ellos, llegándose a forjar lazos afectivos que perduran durante años.
Los juguetes son, por tanto, mucho más que objetos inanimados; tan sólo haría falta que les prestásemos un poco de atención y de cariño para que volviera a surgir la magia que percibíamos cuando eramos niños y de ese modo tuvieran también la oportunidad de embellecer y alegrar nuestra rutinaria vida de adultos. Sé, de buena tinta, que a los juguetes les apena mucho que los adultos nos hayamos alejado tanto de ellos.
Como les contaba, el cangrejo rojo de ojos saltones de mi hija Ana María vive ahora en la rocalla que hay tras el falso platanero que tengo en el jardín. Allí lo dejó mi hija y allí vive el crustáceo a las mil maravillas. Gusta de tomar el sol en la roca que más sobresale y juguetear con las tortugas con las que se siente identificado tal vez por tener también, en cierta medida, un armazón duro que las protege. De hecho, le encanta encaramarse a ellas y pasearse así por el jardín como un sultán sobre un elefante. Le he puesto de nombre Tomate, obviamente por su color, y cuando pronuncio su nombre acude raudo y veloz, eso sí andando de soslayo, como si de un perrito con pedigrí se tratara. Gusta, Tomate, de comer trocitos de pescado que devora como yo, antaño, me zampaba los gofres de chocolate en la feria de Septiembre. 
De esto mi hija no sabe nada, ni debe saberlo, ya que si se enterara de ipso facto me quitaría al cangrejo con el egoísmo dictatorial que caracteriza a los niños de su edad. 
Yo sé que estarán diciendo que no tengo edad para andar jugando con cangrejos de goma, pero es que a ver, si me descuido un poco, ya no voy teniendo edad para casi nada.